Lo curioso, es que siento que ahora, mi situación espiritual es un perfecto ejemplo de esta parábola.
Luego de años de no estar verdaderamente cerca de la iglesia católica, he regresado a ella. Ciertamente nunca la dejé, pero por ejemplo, llevaba 15 años sin confensarme, y por ende 15 años sin recibir comunión. Todo ese tiempo, claro que seguí creyendo en Dios, pero siendo honestos, directamente desobedecí cosas de suma importancia que enseña el catolicismo.
Muchas cosas han influído a mi regreso, he aquí algunas.
1. Recuerdo de quién soy. Ir a misa, y estar dentro de la iglesia me hacer recondar el quién soy, en dónde crecí y de dónde vengo. Sé que esto puede sonar un poco ridículo, pero cuando uno es un inmigrante lejos de su país -mismo que además no visito seguido- estas cosas adquieren un significado diferente. La iglesia a la que voy, no es para nada como la catedral de Puebla, pero cuando estoy adentro siento que respiro el mismo aire, siento que me encuentro a mi misma.
2. El Padre de mi iglesia. Amo al padre de mi iglesia. Nunca en mi vida había estimado tanto a un Padre, jajajaja de hecho, nunca antes había apreciado a un Padre del todo. El Padre de mi iglesia es joven, no te juzga sino que verdaderamente te orienta, te hace pensar, habla de cosas que tienen sentido en el siglo XXI. ¡Sabe mi nombre!
3. Comunidad. Mi experiencia en México con la iglesia es que uno va a misa, y punto. Sé que hay excepciones de gente que se involucra en actividades, pero yo jamás conocí o hice amistad con nadie de la iglesia, nunca supe nombres de nadie. A diferencia, aquí, hay un verdadero sentido de comunidad. En menos de seis meses conozco a mucha gente de la iglesia, sé sus nombres, me doy cuenta que en verdad me estiman y yo a ellos. Siento que pertenezco, y eso me hace infinitamente feliz.
Soy sin duda como El Hijo Pródigo, he sido bienvenida y recompensada, me han llenado de atenciones y de amor verdadero en mi regreso a la iglesia, nadie me ha recriminado ni juzgado. Todo esto me ha hecho muy muy feliz.